El laboratorio secreto de Goya
Por primera vez, dos tapices de las Colecciones Reales de España se exhiben en el Museo Nacional de Bellas Artes.
Buenos Aires
Viernes 25 de Septiembre de 2026 · 06:04· 3 min de lectura

En vez de monstruos, fiesta. Y en lugar de manchas, claridad. Es decir, hay algo en la luz de los tapices de Goya que llegaron a la Ciudad de Buenos Aires que descoloca a quien está acostumbrado al dramatismo feroz de su serie de Pinturas Negras y a la crudeza de Los desastres de la guerra. O a sus geniales delirios y sátiras.
Las piezas, creadas con lana y seda se pueden ver en el Museo Nacional de Bellas Artes, en Buenos Aires. Son dos y, como anticipó Cultura, todo un acontecimiento: llegaron por primera vez, cedidas por la Galería de las Colecciones Reales de Patrimonio Nacional de España.
La cometa fue diseñada en 1778 para decorar el comedor de los príncipes en el Palacio de El Pardo, de Madrid. Allí un grupo de jóvenes disfruta del aire libre en las afueras de la ciudad. Hay dinamismo, color y frescura, como en un típico día de campo.
La gallina ciega, creada entre 1788 y 1792, fue pensada para el dormitorio de las infantas en el mismo palacio. La escena del juego en la ribera del río Manzanares evoca el galanteo cortesano, con aires de rococó.
Poco más de una década antes de pintar Los fusilamientos del 3 de mayo, el hombre crucificado, la fila de espadas sin rostros, la guerra sin épica, como una máquina de matar, el artista creó gracia recargada, supuestamente trivial.
Pero no sólo por eso estos tapices son toda una revelación para los que no somos expertos en su obra.
Estas maravillas nos recuerdan que, antes de transformarse en cronista del horror y pintor de los matices más oscuros del poder, Francisco de Goya y Lucientes (1746–1828) trabajó en la corte tejiendo, literalmente, el imaginario visual de los reyes.
Entre 1775 y 1792, Goya diseñó alrededor de 60 cartones para unas siete series. Pintó plantillas para los maestros artesanos de la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara.
Creó esos trabajos entre el encargo, la vigilancia de maestros de la corte y las banderas de la Ilustración.
Así que, por ejemplo, en lugar de mitos y temas religiosos típicos de los tapices -y que le sirvieron a él y a tantos artistas para decir lo que no se podía-, se enfocó en escenas de la vida cotidiana.